El Boggle

No sé cuántas horas pasamos jugando al Boggle. Si no recuerdo mal, lo trajeron mi papá y mis dos hermanas mayores cuando volvieron de Orlando. Un juego relativamente sencillo: veinticinco dados con una letra en cada cara, ubicados aleatoriamente en un tablero de cinco por cinco. Las instrucciones venían en inglés, lógicamente, pero eran bastante claras. Había que encontrar la mayor cantidad posible de palabras, usando letras que se tocaran entre sí en el tablero, en cualquier sentido pero sin usar la misma dos veces en una palabra. Había otro indicio de que no era una producción autóctona, la ausencia de eñes y exceso de doblevés (que después de un tiempo resolvimos aceptar como emes). El tiempo era limitado. Recuerdo patentemente el apuro por escribir, la prisa al ver la falsa arena caer en el reloj que determinaba la duración de cada ronda. Esa prisa era desesperación cuando no lograba formar ninguna palabra, y si veía las manos de lxs demás escribiendo, era peor. Pero eso pasaba pocas veces, en general no me iba peor que al resto.

Con ese juego aprendí muchas cosas. La diversidad de significados que se podían formar a partir de la combinatoria de las mismas letras, la inconveniencia de las consonantes cuando se agrupaban sin vocales alrededor, límites y posibilidades del lenguaje. Una gran revelación fue la importancia del cambio de perspectiva. A veces, decidíamos en medio del juego girar 90° el tablero y ahí estaban: aparecían nuevas combinaciones, palabras que estaban ahí desde el comienzo pero desde otro ángulo no se me representaban. No había que cambiar nada, sólo mirar desde otro lado.

Hoy pienso que me gustaría reformular el juego: que los dados no contengan letras, sino dibujos o palabras enteras, un verbo por acá, un símbolo por allá, y que haya que combinar signos mayores, encadenarlos para formar textos, ideas, historias, más densamente pobladas de sentido. Cuántas cosas podrían salir, me imagino, de un sencillo con el que entretenernos varias horas.


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